Noticias Historia, religión y fiesta: lo que no puedes perderte en un viaje a Líbano 🇱🇧

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Historia, religión y fiesta: lo que no puedes perderte en un viaje a Líbano 🇱🇧

Es muy recurrido eso de afirmar que un país está repleto de contrastes, no lo ponemos en duda. Pero cuando se trata de hablar de Líbano… Cuando se trata de hablar de Líbano, no se nos ocurre una palabra que defina mejor su esencia.

Y es que mientras que en la capital, Beirut, los rezos de las mezquitas se alternan con las caóticas avenidas comerciales y las discotecas viven la fiesta hasta altas horas de la noche, en otros enclaves como Sidón, en el sur, o Trípoli, en el norte, la vida transcurre a un ritmo mucho más lento. Allí, entre las callejuelas de sus laberínticos zocos, también se respira el alma libanesa, aquella que se ha ido moldeando con el paso de los siglos en todos aquellos pueblos que por su territorio han pasado.

Te proponemos conocer este país de Oriente Medio deteniéndonos en todas sus facetas: nos perderemos tanto por sus históricos templos como por sus glamurosos centros comerciales, recorreremos las hermosas medinas y sus clubs nocturnos más afamados. Disfrutaremos de su gastronomía a la vez que nos sorprenderemos al descubrir que, en un mismo día, podemos contemplar las montañas más impetuosas y bañarnos en la hermosa costa mediterránea. Esto y mucho más es Líbano. ¿Te vienes?

Beirut, la capital más cosmopolita

A pesar de que, a priori, Beirut se nos plantee como una ciudad un tanto decadente, con edificios medio derruidos —muchos de ellos con claros signos de una guerra no tan lejana—, paredes desconchadas y un tráfico que a todas horas se hace notar, se trata solo —y nunca mejor dicho— de la fachada. Para descubrir su esencia hay que dejarse envolver por ella.

Y esto se consigue paseando sin rumbo por uno de sus barrios más auténticos: Hamra, de esencia musulmana, conserva multitud de edificios coloniales que recuerdan el paso de los franceses, que se mantuvieron en la ciudad durante 23 años. Es aquí donde también se encuentra la admirada Universidad Americana de Beirut, respetada en todo Oriente Medio.

La famosa Línea Verde, que atraviesa el corazón de la ciudad, deja a la vista las cicatrices de los conflictos vividos hace no tantos años. En ocasiones, por enfrentarse a sus vecinos israelíes. En otras, al sufrir los problemas internos derivados de las discrepancias entre musulmanes y cristianos. Sea como sea, algunos de sus edificios mantienen aún los signos de la metralla, como queriendo que los beirutíes no olviden lo sucedido. Uno de los más enigmáticos es el Dome, la estructura de un cine que se hallaba en construcción cuando estalló la Guerra Civil libanesa y que aún hoy se mantiene en pie.

Muy cerca, junto a la Plaza de los Mártires, uno de los iconos: la mezquita de Mohammad Al-Amin, que gracias a sus tejados azules guarda cierto parecido con la Mezquita Azul de Estambul, es un hermoso ejemplo del lado más religioso de Beirut.

En el otro extremo se encuentra una de las zonas más animadas —y la que concentra todo el movimiento hipster—: Gemmayzeh, el barrio cristiano, acoge un sin número de galerías de arte, librerías, estudios de diseño y garitos en los que salir a tomar una copa, no importa el día de la semana.

Aunque si hablamos de fiesta, la capital libanesa es, sin duda, el lugar más indicado de todo Oriente Medio: los clubs nocturnos como Skybar ocupan las últimas plantas de grandes rascacielos y ofrecen la oportunidad de bailar hasta altas horas de la noche acompañados por unas vistas inigualables y botellas de Moët & Chandon a precios desorbitados: aquí se palpa el poderío económico de gran parte de la sociedad beirutí.

Aunque no es el único lugar, claro que no: también cuenta con zonas comerciales exclusivas en las que las grandes firmas de moda lucen escaparates con propuestas prohibitivas para el común de los mortales. ¿Un ejemplo? Solidaire, un proyecto que transformó la zona histórica en el rebautizado Beirut Souqs y que atrae a gente adinerada desde todos los rincones de Oriente Medio.

Para rematar, una ruta repleta de contrastes por la capital de Líbano hay que irse hasta la famosa Corniche. O, lo que es lo mismo: el paseo marítimo. 5 kilómetros que invitan a pasear, como hacen cada día cientos de beirutíes, junto al Mediterráneo. Restaurantes de cocina tradicional, cafés en los que parar a fumar el famoso narguile y unas vistas espectaculares al monumento natural por excelencia: la Roca de las Palomas, dos peñones arcados que son el centro de atención indiscutible.

Las antiguas ruinas de Baalbeck

Una vez explorada la capital libanesa, es el momento de dar el salto y conocer otros de los atractivos que nos esperan en este sorprendente país. Por ejemplo, las ruinas romanas de Baalbeck: una auténtica maravilla de la historia.

No mentiríamos si dijéramos que componen el yacimiento arqueológico más espectacular del Líbano y, probablemente, el mejor conservado de Oriente Próximo: la monumentalidad de sus antiguos templos —dedicados a Júpiter, Neptuno y Venus y declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, por cierto— dejan sin habla a todo aquel que se planta ante ellos.

La antigua colonia romana recibió el nombre de Heliopolis o, lo que es lo mismo, “Ciudad del Sol”, y se estableció en el lugar en el que ya habían estado previamente los fenicios. La razón: se cree que la cercanía a varios manantiales tuvo bastante que ver.

Aunque se trata de todo un símbolo arqueológico, la realidad es que Baalbeck sigue sin colapsarse por los turistas, aunque sí que hay una época del año en el que el foco se pone en este enigmático paraje libanés: en verano, durante el Festival de Baalbeck, se celebran en él múltiples espectáculos de ópera, jazz, poesía y teatro.

Trípoli y sus zocos

A pesar de no formar parte, normalmente, de los itinerarios más turísticos, una visita a Trípoli bien merece la pena: no en vano se trata de la segunda urbe más grande del país y cuenta con el principal puerto del norte.

Su nombre significa “tres ciudades”, las que se crearon cuando en el siglo VIII a. de C. mercaderes procedentes de Sidón, Tiro y Arwad llegaron a lo que hasta entonces había sido un asentamiento fenicio y levantaron sus propios espacios amurallados. Es decir, tres ciudades diferentes en un mismo espacio.

Hoy en día visitar Trípoli pasa por perderse por sus antiguos zocos medievales, donde se respira el verdadero Líbano. Pequeños comercios en los que adquirir casi de todo llamarán nuestra atención sin remedio. Sobre todo, aquellos dedicados a las exóticas especias y a los dulces tradicionales. Porque sí: Trípoli es golosa por naturaleza y, ya lo advertimos, caer rendidos a su repostería —basada mayormente en hojaldres, pistachos y miel— es inevitable.

Caravasares, madrazas, mezquitas, hamanes y puestos de verduras y frutas se alternan constantemente, sin olvidar la figura del vendedor de café, que con una pequeña campanilla advierte a los transeúntes y comerciantes de su presencia. ¿Una última recomendación? Visitar alguno de sus comercios dedicados al jabón, un oficio que lleva desarrollándose en la ciudad desde tiempos inmemoriales. De hecho, hay quienes dicen que el jabón se inventó aquí. 

El Valle de Qadisha, es hora de caminar

Pero si lo que nos pide el cuerpo es desconexión, no hay duda: el contacto más puro con la naturaleza se halla en este hermoso valle en el que el ruido de la ciudad y el ajetreo de los zocos son sustituidos por la absoluta tranquilidad de las ermitas, monasterios e iglesias excavadas en la roca.

Está considerado uno de los lugares más bellos de Líbano y no es de extrañar. El profundo desfiladero que surge entre montañas y en cuyo fondo transcurre el río Qadisha es hogar de algún que otro pequeño pueblo, como Bisharri que, resistiendo a la dificultad del terreno, permanece en convivencia con la naturaleza en este lugar mágico. En torno a él, infinidad de paredes rocosas, senderos y caminos componen el auténtico paraíso para los amantes de las excursiones a pie y la escalada.

Muy cerca, por cierto, se halla los Cedros, la estación de esquí más afamada y frecuentada por aquellos beirutíes que pueden permitirse disfrutar de la nieve y la montaña sin necesidad de controlar sus cuentas corrientes. El paraíso invernal de la jet set libanesa.

Biblos, la joya del Mediterráneo

Del Mediterráneo y de todo el Líbano, podríamos decir. Porque este pintoresco punto junto al mar, el que dicen es uno de los pueblos más antiguos del mundo habitado de forma ininterrumpida, cuenta con un precioso puerto pesquero, con un zoco de lo más auténtico, asombrosas ruinas romanas y, para rematar, un castillo cruzado que es una auténtica maravilla. Con esta presentación, ¿quién podría resistirse a sus encantos?

Pero es que aún hay más: Biblos es conocido por tratarse del lugar en el que se originó el alfabeto moderno y se cree que su nombre viene de la palabra griega “bublos”, que traducido al castellano sería «papiro». ¿La razón? Al parecer, en su puerto, paraban los fenicios para embarcar todos los papiros que después transportaban hasta Egipto.

Pero la importancia de esta icónica población costera no radica únicamente en el pasado. De hecho, hace tan solo unas décadas, Biblos se convirtió en el lugar favorito de la jet set libanesa —e, incluso, internacional— que, cuando llegaba el verano, se instalaba en ella y lucía palmito y posesiones en sus playas y restaurantes. Aunque esa época dorada queda ahora algo lejana, Biblos continúa siendo, sin lugar a dudas, parada indispensable en un vieja a Líbano.

Sidón, el Líbano más auténtico

Solo hará falta pasear durante unos minutos por las intrincadas callejuelas de los zocos de Sidón para ser conscientes de que nos encontramos en uno de los rincones más auténticos del país. Aquí, entre laberínticos callejones abovedados y ruinas medievales, los artesanos encuentran el sitio perfecto para continuar desempeñando sus oficios como ya lo hicieran sus antepasados siglos atrás.

Habrá que parar en alguno de los negocios locales de esos enrevesados caminos a probar suerte con uno de los platos más auténticos del país: el humus que sirven en sus bares es tan sumamente exquisito que se nos queda bien grabado en el paladar.

Sidón se encuentra a tan solo 40 kilómetros al sur de Beirut y supone la escapada perfecta que hacer cuando el bullicio de la gran ciudad comienza a saturar. Su fundación se remonta a alguna fecha entre el 4000 y el 6000 a. de C., y su puerto ya fue explotado por los fenicios, que comerciaban con Egipto con el murex, un molusco que producía un tinte de color púrpura bastante codiciado en la época.

Además de su interesantísimo zoco, en Sidón no hay que dejar de visitar el Castillo del Mar, levantado por los cruzados en 1228 y al que se accede por un paso elevado de piedra construido por los árabes, o la Gran Mezquita, considerada uno de los mejores ejemplos de arquitectura árabe del siglo XIII. 

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