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La Italia más romántica se encuentra en la Costa Amalfitana 💙

Hace ya años que se puso de moda, es obvio, pero eso no quiere decir que no sigan existiendo mil razones por las que elegirla para una escapada: la Costa Amalfitana, esa que se retuerce en curvas, acantilados, paredes verticales y un Mediterráneo de colores imposibles, es nuestro destino perfecto. Porque estamos deseando descubrir esos pueblos de postal que salpican de color su litoral. Ansiosos por disfrutar de su gastronomía —es Italia, no hay manera de fallar—. Dispuestos a dejarnos llevar en una ruta en coche para descubrir la esencia de la bella Italia. De la más romántica de todas.

Así que nos ponemos en marcha y marcamos en el mapa nombres como Positano, Sorrento, Ravello o Amalfi… Imágenes que bailan en nuestra cabeza y que, en breve, contemplaremos con nuestros propios ojos. ¿Listos? Allá vamos…

1. Nápoles, el inicio y el fin

Lo primero es lo primero: Nápoles será, muy posiblemente, el punto de partida y el final de un viaje por la Costa Amalfitana. Así que, ya que estamos, ¿por qué no aprovechar?

La ciudad más caótica de Italia basa su encanto precisamente en ello: el tráfico es una locura, el jaleo de sus calles del centro histórico, hipnótico. Un paseo por el laberinto que conforman sus antiguas vías nos hace mirar hacia arriba, a contemplar los altos edificios con su ropa tendida en las ventanas, a pararnos en los colores que se intuyen tras las fachadas desconchadas y a comprobar hasta dónde llegan esos cubos que cuelgan de cuerdas y que enseguida descubrimos que sirven para hacer recados entre vecinos sin necesidad de subir o bajar escaleras. Puro ingenio.

Pero también nos reclama lo que hay a pie de calle, así que sin remedio miramos hacia abajo: para sortear las motos que en una armónica danza pasan a toda prisa casi rozándonos. Para admirar la hermosa calle de los belenes, inspirar el exquisito aroma de la pizza en sus clásicos restaurantes y sorprendernos con las maravillas ocultas tras las fachadas de sus iglesias, castillos y palacios.

Una vez exploremos la bella Nápoles, estaremos preparados para seguir nuestro camino.

2. Pompeya, la ciudad eterna

¡Alto! Llega el momento de una nueva parada. Y sí, aún queda un poco para alcanzar la costa, ¿pero cómo contenernos ante la posibilidad de visitar la enigmática Pompeya?

Visitar el complejo arqueológico supone una de las experiencias más fascinantes que se puedan vivir en el mundo. ¿La razón? Hablamos de toda una ciudad que fue enterrada bajo las cenizas del Vesubio cuando este entró en erupción en el año 79 d. de C., algo que permitió que casi todo en ella se conservara como estaba en el momento de la desgracia: la estructura de los edificios, muchos de los enseres de sus habitantes e, incluso, las pinturas y mosaicos.

Se le puede dedicar el tiempo que uno quiera, pero no recomendamos hacerlo en menos de cinco horas: son tantas las curiosidades que ver, y tan interesante la información aportada, que la visita pasa volando. Entre lo más emblemático del complejo se incluyen casas romanas, las calzadas perfectamente conservadas, templos, anfiteatros, teatro, tiendas o un burdel.

3. Vico Equense: comenzando a entrar en materia

Se trata de un pequeño pueblo de apenas 20 mil habitantes situado sobre un acantilado frente a las hermosas aguas del Golfo de Nápoles. Comparado con otras de las grandes joyas amalfitanas quizás resulte un poco menos interesante, pero aún así bien vale la pena hacer una parada: aquí, fuera del turismo que se mueve en las zonas más anheladas, se respira pura paz.

Sus callejuelas empedradas van a dar a una imponente iglesia, la de la Anunciación, situada en un acantilado en el mismo lugar donde antiguamente, en el siglo XVI, se hallaba una catedral gótica: la única de la península de Sorrento. De la estructura original apenas quedan algunas ventanas laterales y varios arcos de los pasillos.

Además de visitar su peculiar iglesia, hay algo más que hacer en Vico Equense: probar sus maravillosas y famosas pizzas por metro. Como todo en Italia: son absolutamente deliciosas.

4. Sorrento, la bella Italia

La ciudad del limoncello no solo vive de su bebida más tradicional: también de la belleza que se despliega por sus calles, plazas y miradores. Anclada sobre un acantilado frente al mar, en Sorrento hay que perderse en paseos interminables y sin rumbo, explorando su corazón. Solo así se podrá respirar la esencia de un lugar tan especial como este. Solo así, se podrá entender por qué son tantos los visitantes que se sienten atraídos por él cada año.

Sin apenas playas, más que el tramo de arena que hay junto a su marina, en Sorrento lo que abundan son las opciones de visitas culturales. El Duomo, al que se llega tras pasar por dos hermosos palacios medievales mientras se camina por la Via Pietà, merece una visita aunque solo sea por contemplar el increíble fresco exterior o su campanario en tres niveles. Los claustros de la Iglesia de San Francisco son otro de los atractivos de Sorrento, así como la basílica de San Antonio.

Aunque, quizás, lo más llamativo sea Il Vallone dei Mulino: una inmensa grieta en la montaña visible desde la Via Fuorimura y formada hace nada menos que 35 mil años tras la erupción de un volcán. La visita perfecta a Sorrento debe acabar, cómo no, gozando de su gastronomía. ¿Por ejemplo? En cualquiera de sus restaurantes de la marina, por supuesto.

5. Positano, todo hermosura

No vamos a negar que sentimos cierta predilección por este pintoresco pueblecito amalfitano de fachadas de colores pastel que se desparrama colina abajo hasta alcanzar la playa. No, no vamos a decir que perdernos por las pequeñas calles peatonales a conciencia, subiendo y bajando estrechas escaleras entre casas y patios en busca de la mejor panorámica, no nos cause cierta emoción. Y es que Positano es especial. Única. Es ese enclave de postal que todos queremos tener de fondo de pantalla. El destino de vacaciones ideal solo apto para bolsillos adinerados. Por todo esto y por mucho más, es parada obligada en toda ruta por la Costa Amalfitana que se precie.

Además de inmortalizar hasta la saciedad las estampas más conocidas de la localidad desde la Spiaggia Grande —la playa principal—, en Positano también hay monumentos que visitar. Por ejemplo, la Iglesia de Santa María Asunta, que con su llamativa cúpula protagoniza el perfil de la zona urbana. En los alrededores, multitud de boutiques de lujo, galerías de arte y glamurosos hoteles y restaurantes dan una idea del tipo de visitantes con los que cuenta. En una de sus terrazas, mientras tomamos un sabroso spritz, podremos recrearnos un poco más en la belleza de este punto único de la Costa Amalfitana.

6. El Sendero de los Dioses: caminemos un poco

Probablemente se trate de la ruta de senderismo más conocida de esta zona de la costa italiana: el Sendero de los Dioses, en italiano el Sentiero Degli Dei, discurre a lo largo de unos 12 kilómetros entre Positano y la pequeña localidad de Bomerano.

Caminos para los que hay que estar relativamente preparados, tanto física como mentalmente: empinadas cuestas pondrán a prueba nuestras piernas y nuestra resistencia al tiempo que los escarpados acantilados nos retarán a controlar el irremediable vértigo. Eso sí, las vistas harán que la experiencia merezca la pena.

Una ruta repleta de paisajes inolvidables, atravesando cultivos en terrazas, antiguas casas abandonadas y miradores que quitan el sentido. Una experiencia más que llevarnos de esta ruta por la costa.

7. Amalfi, una superviviente

La Piazza del Duomo puede ser un buen punto de partida para explorar este pequeño pueblo de interesante historia que le presta el nombre a nuestra ruta. Y lo de peculiar historia lo decimos por algo muy concreto: cuando en 1343 un terremoto hizo temblar la tierra, el mar hizo desaparecer la mayor parte de la antigua ciudad de Amalfi. Entonces se trataba de una superpotencia marítima en la que vivían alrededor de 70 mil habitantes: hoy en día apenas lo hacen 5 mil.

Y es precisamente en la Piazza del Duomo donde se halla, claro está, la catedral, uno de los pocos monumentos que lograron resistir a la catástrofe: con su fachada a rayas, su mezcla de estilos arquitectónicos y sus enormes puertas de bronce, habrá que subir unas empinadas escaleras para tener la oportunidad de acceder al interior. Es desde abajo, sin embargo, desde donde mejor se admira la imponente construcción.

Los hermosos claustros de estilo morisco del Chiostro del Paradiso son otra parada obligada, aunque lo que más placer da es, una vez más, el pasear, sobre todo, si se alcanzan las callejuelas de Atrani, una hermosa localidad de apenas mil habitantes a tan solo 10 minutos a pie del centro de Amalfi y declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Su playa, por cierto, es de las más populares en la zona.

8. Ravello, elegancia y distinción

Dejamos por un rato la costa —tampoco nos separamos demasiado, no nos asustemos— para alcanzar Ravello, una de las localidades más elegantes —si no la que más— de la Costa Amalfitana. Rodeado de colinas y jardines, de esplendorosos palacios y estilosas villas, se levanta este lugar elegido por personajes tan enigmáticos como el mismísimo Wagner, Virginia Woolf, DH Lawrence, Hemingway, Dalí o Greta Garbo para escapar del mundo como Dios manda.

Las vistas del infinito mar desde Ravello son memorables, y son disfrutables, sobre todo, desde los jardines de dos de las villas más emblemáticas: los de Villa Rufolo se despliegan a lo largo de tres niveles y fueron concebidos por el escocés Scott Neville Reid en 1853, mientras que los de Villa Cimbrone, transformado en un destacado hotel de cinco estrellas, tampoco se quedan atrás.

Para visitar, más lugares: el Duomo, por supuesto, y el Auditorio Oscar Niemeyer, una obra mucho más moderna que contrasta con el entorno y que ha sido causa de no pocas polémicas. Los sábados por la mañana, la Piazza del Duomo acoge un interesante mercado de productos locales que no dejará que nos vayamos con las manos vacías. Cosas de Italia…

9. Villa Roma Antiquarium, parada obligada

Nuestra siguiente parada es Minori, un diminuto pueblo de apenas 3 mil habitantes que, aunque no es tan famoso como las vecinas Positano y Ravello, sí que recibe un número considerable de turistas italianos cada año. En Minori hay que pasear por su concurrido paseo marítimo y, muy importante, probar su exquisita pasta: resulta que la producción de este típico plato italiano se remonta a la época medieval, de cuya época es la especialidad, los scialatielli. ¿Y qué son, exactamente? Unas gruesas cintas de pasta fresca que catar en cualquiera de los restaurantes desperdigados por la localidad.

Sin embargo, nuestra parada en Minori viene motivada por algo más: queremos visitar la Villa Roma Antiquarium, una villa romana del siglo I a. de C. que es el ejemplo perfecto del tipo de residencias señoriales en las que habitaban los nobles de la época. Fue redescubierta en 1930 y, al igual que ocurrió con Pompeya, la explosión del Vesubio permitió que se conservara en bastante buen estado, gracias a lo que hoy se puede comprobar cómo eran algunas de sus habitaciones, el jardín y, lo más curioso, un mosaico de gran belleza en el que hay representado un toro.

10. Vietri sul Mare: final del camino

Y se repiten los colores pastel en las fachadas de las casas. Y volvemos a encontrarnos con esas vistas al mar que tan presente han estado durante nuestro viaje. Llegamos a la meta, concluimos la ruta, y no podemos hacerlo en un lugar más encantador que este: Vietre sul Mare es el final perfecto para esta experiencia.

Y lo es, por ejemplo, por su afamada actividad alfarera, la misma que lo ha situado como capital de la cerámica. Algo tendrá que ver que la tradición se remonte a época romana, a pesar de que el éxito le vino a lo grande ya en los siglos XVI y XVII. Hoy, al pasear por su centro histórico, ejemplos de sus azulejos se exhiben en la mayoría de las fachadas, decorando con sus motivos y colores cada centímetro. Un buen plan es visitar el Museo de la Cerámica, situado en el pueblo vecino de Raito.

Y resulta que tan apacible es este pueblo que hasta la Corte Real de Nápoles lo eligió para pasar sus días de verano. ¿Por qué no íbamos a hacerlo nosotros? Dicho y hecho: aquí nos quedamos. No se nos podía ocurrir mejor guinda al pastel para nuestra romántica ruta por la Costa Amalfitana.

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