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Todas las claves para disfrutar de un viaje a Senegal

De norte a sur y de este a oeste: proponemos un viaje que nos lleve a recorrer Senegal en su inmensidad, que nos permita conocer el famoso “país de la teranga, —es decir, de la hospitalidad—, en todas y cada una de sus facetas, y que nos mantenga con los sentidos alerta para no perdernos ni un detalle de todo lo que tiene para ofrecer. Queremos caminar por las calles de su caótica capital, Dakar, recorrer las dunas de su inmenso desierto de Lompoul y visitar ciudades coloniales como Saint Louis. Ansiamos disfrutar de esplendorosas cascadas en País Bassari, probar su sabrosa gastronomía y hablar —y mucho— con su gente. Buscamos, al fin y al cabo, abrir nuestro corazón a una nación que, de eso no nos cabe duda, nos conquistará desde el primer segundo.

Si bien el COVID-19 ha obstaculizado muchos de vuestros planes, esperamos que nuestro contenido pueda seguir brindándote inspiración para tus futuros viajes, por lo que, cuando esto pase, estarás listo para regresar al mundo.

Porque Senegal, a pesar de ocupar un territorio no demasiado extenso, es muchos países en uno. Concentra la esencia de ese África que sorprende y maravilla a partes iguales. El África que no deja indiferente a nadie. Así que no lo pensamos más y ponemos rumbo a nuestro destino: la tierra más hospitalaria nos espera.

Antes de partir

A la hora de organizar un viaje a Senegal no estará de más tener algunas ideas claras. Por ejemplo, de qué manera queremos movernos por él: aunque bien es cierto que se trata de un lugar seguro en el que el viajero independiente no tendrá ningún problema, hay algo que está bien considerar. Y es que el transporte local en el país está a años luz de lo que conocemos en Occidente, —¡como era de imaginar!—. Y lo mismo ocurre con las carreteras. Por eso, si lo que buscamos es una experiencia auténtica y única, que nos permita viajar como lo hacen los propios senegaleses, habrá que dedicar mucho tiempo a los trayectos, ya que uno nunca sabe ni cuándo parte, ni cuándo llegará a su destino.

Otra opción será la de hacerlo en viaje organizado: una manera ideal es marcarse una ruta y negociar con alguna empresa local que ofrezca conductor y guía. Este último permitirá llegar y alcanzar lugares que probablemente, por libre, sería imposible conocer. Los traslados serán así mucho más cómodos y directos, se aprovechará más el tiempo y, al fin y al cabo, se descubrirá una mayor parte de Senegal. ¡Qué elegir dependerá ya del espíritu de cada uno! 

Otro detalle importante es llevar dinero en efectivo: pagar con tarjeta está aún bastante poco normalizado. En la maleta, ropa cómoda y fresca —una vez más, cuando llevemos horas de ruta en la carretera lo agradeceremos—, zapatos aptos para caminatas, alguna linterna o frontal y antimosquitos: la malaria es una realidad en el país.

Por lo demás, básico e importantísimo: ¡tener muchas ganas por conocer una tierra fascinante!

Dakar, un caos maravilloso

Cualquier viaje que se precie por el país de la teranga arrancará en su capital, donde el orden brilla por su ausencia. Carreteras sin asfaltar, cabras por todas partes, gente que viene y va, los famosos car rapides haciendo sonar sus cláxones y millones de olores, colores y sabores que captan nuestra atención a cada segundo. En Dakar todo ocurre al mismo tiempo y no hay lugar al despiste: tenemos que abrir bien los ojos si queremos enterarnos de de qué va esto.

Un buen lugar para comenzar a tomarle el pulso es el Marché Kermel o, por qué no, el Sandaga. Mercados donde la vida fluye a velocidad de vértigo: aquí todo se compra y se vende. La Plaza de la Independencia es el núcleo en torno al que sucede todo, mientras que en el barrio de la medina, el más antiguo —cumplió 100 años hace muy poco—, las familias desarrollan sus tareas domésticas siempre de puertas afuera: pasear por sus callejuelas es todo un espectáculo. Para rematar la experiencia, nada como acercarse hasta el Monumento al Renacimiento Africano, un colosal estructura que se puede ver desde casi cualquier punto de Dakar.

Isla de Goreé: perdonar pero no olvidar

Básica y fundamental para entender la historia vinculada a este enigmático país, es la visita a esta isla a la que tan solo se tarda en llegar 30 minutos en ferri desde el puerto de Dakar. En Goreé quedan resumidos nada menos que 300 años de historia senegalesa, aunque bien podría hablarse de África al completo: a pesar de la belleza de la isla, en ella eran concentrados todos aquellos africanos que después se vendían como esclavos para trabajar en América. En sus famosas Casas de Esclavos, hoy abiertas al público para que todo aquel que las visite, ya sea local o extranjero, sepa de las barbaries ocurridas allí, sucedían los hechos más atroces que puedan imaginarse.

Se calcula que aproximadamente 20 millones de esclavos partieron en barcos desde la isla de Goreé con destino a América entre los siglos XVI y XIX. También se estima que seis millones de ellos nunca llegaron a su destino: solían fallecer en el trayecto debido a las enormes condiciones de insalubridad que tenían que soportar. Una visita triste, pero más que obligada para entender la historia del país.

Mbour y sus pescadores

Imperdible es el espectáculo que se desarrolla cada tarde, a eso de las cuatro, en la playa de esta pequeña localidad muy cercana a Dakar. Es ese el momento en el que decenas de barcos pesqueros pintados de vivos colores regresan con la captura del día y la vida se revoluciona. Al trasiego incesante de jóvenes —y no tan jóvenes— que cargan con cajas repletas de pescado desde las barcas hasta el vecino mercado, se une una cantidad inmensa de personas que buscan el mejor producto que llevarse a casa. Aquí se regatea, se compra, se vende, se habla, se grita y, en definitiva, se viven algunas de las escenas más auténticas. Contemplarlas no tiene precio.

Bandia y la vida salvaje

Porque conocer Senegal es también descubrir su lado más salvaje. En concreto, el de su fauna. Al fin y al cabo, estamos en África, ¿qué esperábamos? Lo que sí es cierto es que la mayor parte de esta se concentra en las reservas naturales, por lo que hacer una visita de medio día a alguna de ellas, como podría ser la de Bandia —que, además, se halla a tan solo 70 kilómetros de distancia de Dakar—, es una auténtica maravilla. Tres mil hectáreas de naturaleza pura y dura de la que disfrutar en una ruta guiada en 4×4: rinocerontes, jirafas, cebras, búfalos, monos… La cámara echará humo queriendo captar cada rincón y cada experiencia. ¿La mejor manera de terminar la jornada? Disfrutando de la gastronomía que se sirve en el restaurante de la reserva: de lo mejorcito de Senegal.

Casamance: el edén senegalés

Es adentrarnos en esta región del suroeste de Senegal y que todo se transforme: lo árido se vuelve frondoso, los árboles y plantas lo inundan todo y la humedad sube considerablemente. Es Casamance la tierra de los diola, una etnia que basa sus creencias en ritos animistas que sorprenden hasta al más viajado de los visitantes: creen que cada elemento de la naturaleza, cada objeto, cada ser vivo…  tiene su propia alma. Y es a ellas a quienes rezan y dedican sus plegarias, a las que realizan ofrendas y todo tipo de sacrificios.

La región, que durante años vivió cierto movimiento independentista y estuvo sumida en el conflicto —incluso armado—, vive ahora una época de paz y cuenta con numerosas aldeas de lo más interesantes. Entre sus exuberantes paisajes tropicales hay manglares y cultivos de arroz, islas en las que escapar del mundo y, como en todo Senegal, gente increíblemente hospitalaria.

Cap Skirring: el rincón en el que desconectar

Probablemente, se trate de la zona más visitada por los extranjeros, y no es de extrañar: sus inmensas playas de arena blanca y sus resorts a pie de orilla son un reclamo incuestionable para muchos europeos. Y es que en Cap Skirring el tiempo se para: aquí tendremos que rendirnos al ritmo casi caribeño de sus habitantes, que lo mismo echan toda una mañana jugando una partida de damas que dejan que pasen las horas entre charlas sentados en cualquier rincón. En la playa,  las vacas pacen a gusto con el murmullo de las olas de fondo, ¿cómo no caer ante la tentación?

En las calles sin asfaltar del pueblo se alternan algún que otro restaurante con pequeños bares locales y un mercado artesanal: es en él donde, por qué no, podremos hacernos con el souvenir perfecto que llevarnos de vuelta a casa. Eso sí: ¡a ver quién es capaz de dejar este paraíso para regresar a la cruda realidad!

País Bassari, de otro mundo

Así es: de otro mundo. Recorremos el sur de Senegal hasta alcanzar el otro extremo, el sureste, en plena frontera con Guinea: tierra de tribus mágicas y de naturaleza abrumadora. Y vale que a estas alturas del viaje creeremos que pocas cosas nos pueden sorprender ya, pero no: esto solo acaba de empezar.

Lo primero que deberemos hacer será comprar algunos alimentos en cualquier mercado —cereales, por ejemplo— con los que agasajar a los miembros de la tribu Iwol a modo de agradecimiento por dejarnos visitarles. Los Iwol habitan en un poblado sobre la zona más alta de una montaña solo alcanzable a pie en una ruta que se alarga durante hora y media colina arriba. Allí, entre chozas y pequeños huertos, conviven sin agua, sin luz, y sin más preocupaciones que las de la rutina diaria más básica. La visita, ya lo avisamos, quedará en el recuerdo para siempre.

Pero, si más que cultural, lo que buscamos es una inmersión pura y dura en su naturaleza, en País Bassari no faltan las opciones: Dindefelo será apuesta segura. Para alcanzar este poblado también habrá que recorrer una carretera sin asfaltar y repleta de baches durante un par de horas. Una vez lleguemos, lo más importante será calzarnos zapatos cómodos para hacer la última parte del trayecto a pie: al final de la ruta aparecerá ante nosotros una hermosa cascada cuyas frescas aguas nos vendrán como agua de mayo. Y es que el calor, por aquí, suele apretar. La experiencia la podremos completar visitando algunos lugares de la aldea como el hospital, el taller de costura o el colegio. Eso sí: los niños estarán más que encantados de jugar, cantar y bailar con nosotros, así que, ¡habrá que animarse!

El desierto de Lompoul o una noche bajo las estrellas

De vuelta al norte nos animamos con otra de esas vivencias que quedan grabadas en la memoria: pasar una noche en un campamento en pleno desierto es algo que todo el mundo debería vivir alguna vez. Y lo hacemos en pequeñas jaimas, en camas posadas directamente sobre la arena y con baños y duchas en las que el techo es el mismísimo cielo. Recorrer las dunas de arena del desierto de Lompoul, ver cómo el sol se despide hasta el día siguiente en el horizonte, probar las delicias tradicionales de la zona junto a una hoguera o mover el esqueleto siguiendo los pasos de los bailes tradicionales hasta altas horas de la noche, convertirán la jornada en algo muy especial.

St. Louis: la capital del imperio colonial francés

Poco queda ya de la pomposidad de los edificios originales que los franceses levantaron por estos lares en el siglo XVII, aunque sí que se intuye. Las fachadas medio derruidas permiten imaginar la elegancia de la que dispusieron en su día. Las paredes desconchadas aún dejan entrever los colores que las decoraron siglos atrás Los balcones de forja, las grandes puertas de entrada… Si le ponemos imaginación, podremos llegar a recrear el Senegal colonial de entonces: y es que aquí se establecieron los franceses para llevar a cabo el resto de conquistas por territorio africano.

De la época también queda el puente de Faidherbe, proyectado nada menos que por Gustav Eiffel. Para conocer el otro lado de la ciudad, ese que de verdad derrocha autenticidad, lo mejor es acercarnos hasta el barrio de pescadores, donde la vida se desarrolla en la calle y en un ajetreo constante. Parar junto a los embarcaderos y contemplar las barcazas de colores descansando en la orilla regalan una estampa digna de inmortalizar.

El gran reclamo senegalés: el Lago Rosa

Aunque de rosa, perdón que seamos claros, tiene más bien poco. Bueno, al menos durante gran parte del año: la bacteria Dunaliella habita en este icónico lago al verse atraída por su alto índice de salinidad y es la que hace que sus aguas se transformen de ese color rosado que protagoniza las imágenes más famosas. Lo que ocurre es que esta solo aparece durante determinados meses, por lo que es bastante normal que, cuando los viajeros llegan a él, se encuentren con que el rosa no aparece por ningún lado.  Con todo y con eso, una visita al Lago Retba, su verdadero nombre, merece muchísimo la pena: la actividad salinera que se desarrolla en su entorno es de lo más interesante. Las montañas de sal se acumulan junto a la orilla y, si se visita en horario de mañana, será muy normal encontrarse con los salineros trabajando duro extrayendo el mineral del agua y colocándolo sobre sus barcas. Según dicen, cada una de ellas puede llegar a extraer hasta una tonelada y media de sal al día.

Para acabar la aventura senegalesa por todo lo alto, nada como hacer una ruta en 4×4 por los alrededores y alcanzar, antes de que atardezca, el mar: ver la puesta de sol desde este enclave es algo único.

Aunque estos son los lugares clave para disfrutar de un viaje de lo más completo a Senegal, es importante no olvidar que toda buena experiencia surge, además, de la predisposición que tengamos para aprender, para conversar con la gente local y para disfrutar de todo lo bueno y lo malo que puede regalar un país. Al fin y al cabo, en eso mismo consiste viajar.

Y así ponemos punto y final ideal a un viaje irrepetible por uno de los países más especiales de África.

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