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Lanzarote con los ojos de César Manrique

Siempre hay una buena excusa para viajar a Lanzarote: no importa si nos decantamos por la isla de los volcanes apostando por sus hermosas playas, por sus inmensos paisajes volcánicos, por los exquisitos vinos que producen sus tierras o por la paz que se respira en esta pequeña joya de la naturaleza anclada en el Atlántico. Lo que es cierto, y no hay duda de ello, es que hay algo que siempre está presente no importa cuál sea el motivo de nuestro viaje: la figura de César Manrique.

El arquitecto, pintor y escultor, nacido en Lanzarote en 1919, siempre fue un gran enamorado de su tierra dispuesto a hacer todo lo posible por transmitir las bondades de su isla al mundo. Y lo hizo… ¡Vaya si lo hizo! Tanto, que recorrer Lanzarote es sinónimo de descubrir su obra. Su inspiración tomó forma de proyectos que quedan tan integrados en su entorno que llegan a ser parte de él. Y es que ese era, precisamente, su objetivo: adaptarse a la belleza de la isla, adornarla y darle fuerza, pero siempre respetando su naturaleza.

En Skyscanner te proponemos una ruta por la hermosa Lanzarote para descubrirla a través de los ojos de quien más la amó. Nos vamos de viaje de la mano del mismísimo César Manrique. Qué, ¿te apuntas?

1. La Fundación César Manrique, todo un must

Tiene sentido arrancar nuestra visita por la mismísima casa del artista, hoy convertida en la Fundación César Manrique. Alzada entre campos de lava negra petrificada en el Taro de Tahiche, aparece como un auténtico oasis esta maravillosa obra de arte en la que vivió durante 20 años

Se trata de 3 mil metros cuadrados de edificio (30 mil si contamos toda la finca) divididos en dos plantas que mantienen un diálogo hermoso con la propia naturaleza. Sus formas siguen las líneas tradicionales de las casas de Lanzarote, sobre todo, en la parte superior, donde también aparecen incorporaciones algo más modernas. Pasear por sus diferentes salas permite contemplar unas vistas del paisaje que son absolutamente deslumbrantes, pero también algunas de las esculturas y pinturas que decoran paredes y habitaciones y que fueron realizadas por Manrique. 

La planta baja, eso sí, es otro mundo: construida aprovechando cinco burbujas volcánicas naturales, y conectadas entre sí por túneles excavados, se puede pasear por toda una estructura adaptada a los antojos de la naturaleza. En cada esquina destaca el contraste entre el negro de la piedra basáltica, el blanco de los muros y el color de los detalles, como el del mural realizado por el propio artista en el patio exterior o la preciosa piscina. Por último, y en el patio, se halla el que fue el estudio de Manrique, que acoge en la actualidad una exposición con parte de su obra.

2. El Jardín de los Cáctus

Probablemente, no exista en toda la isla otra planta que se repita más: los cáctus, en todas sus formas, tamaños y colores, están presentes allá donde vayamos. Y aquí, en la que fue la última gran intervención de César Manrique, son los auténticos reyes.

Fue el artista quien supo darle una nueva vida a la que había sido una simple cantera de áridos de la isla. Y lo hizo creando un inmenso jardín en el que crecen aproximadamente 4.500 cactus, pertenecientes a 450 especies diferentes llegadas desde los cinco continentes: un edén de la naturaleza que, como todo en Lanzarote, regala un precioso contraste entre el verde de las plantas, el negro del terreno volcánico y el azul intenso que suele brillar en el cielo.

En lo alto de una loma a la que se accede junto al restaurante del complejo, se alza uno de los últimos molinos de millo que aún se conservan en la isla. En él se molió gofio desde finales del siglo XIX, aunque hoy ha quedado, simplemente, como el decorado perfecto para este hermoso jardín cuyas vistas, desde allá arriba, son espectaculares.

3. Jameos del Agua, la perfección está aquí

El desplome del techo de un tubo volcánico del volcán Corona fue suficiente: Manrique, cuyo ingenio llegaba mucho más allá que el del común de los mortales, supo ver ahí la belleza idónea para crear. Para transformar. Y así lo hizo: Jameos del Agua es pura fantasía artística.

Situado junto al mar (al que, por cierto, podemos acercarnos a sentir la brisa marina antes de adentrarnos en la obra de Manrique), el centro dedicado al arte, a la cultura y al turismo invita a recorrerlo tranquilamente, sin prisas. Solo así nos contagiaremos de la serenidad que se siente en el lugar, donde una vez más la conjugación entre la naturaleza y la creación es perfecta. La roca basáltica impone con sus colores oscuros, pero también los helechos que decoran el camino de acceso, el blanco impoluto de las paredes y el azul, presente, por ejemplo, en la hermosa piscina.

En el interior del complejo, la joya de la corona: un auditorio único en el mundo por sus características geológicas y por las condiciones acústicas. En el pequeño lago junto al mismo, miles de lucecitas brillan en la oscuridad. No, no son bombillas: son los “jameitos”, cangrejos ciegos albinos que habitan en él. Ya lo dijimos: esto es una absoluta maravilla de la naturaleza. 

4. Cueva de los Verdes, en las profundidades de la tierra

No tendremos que ir demasiado lejos: a solo varios cientos de metros de distancia se halla el camino de entrada hasta otro de los lugares mágicos con los que cuenta esta insólita isla. Y, por supuesto, César Manrique también tuvo que ver de alguna manera con él: te contamos por qué.

Este túnel volcánico procedente del vecino volcán Corona supone una inmensa grieta en las entrañas de Lanzarote que hacen visitable un lugar absolutamente mágico. Una guarida natural que fue utilizada como escondite para los conejeros (así es el gentilicio de los vecinos de la isla) cuando tenían que protegerse de ataques piratas e invasiones.

Fue ya en los años 60 cuando el Cabildo de Lanzarote quiso contar con la ayuda del artista Jesús Solo, que llegaría a trabajar codo con codo con el propio Manrique, para que adecuase el enclave natural para sus visitas. Desde entonces miles de turistas pasan cada año, siempre en visita guiada, por este mágico rincón en el que las agrestes formas de las rocas y los colores juegan a la perfección con las luces y las sombras generando más de una sorpresa. Un auténtico viaje al centro de la tierra.

5. Mirador del Río, belleza en las alturas

Una vez más la integración entre arte y naturaleza vuelve a estar presente. Y en esta ocasión en un lugar emblemático y hermoso, a nada menos que 400 metros de altura: en el Risco de Famara.

¿Y a dónde mira este mirador? Pues a La Graciosa, ni más ni menos, que se alza frente a la costa de Lanzarote dejando un pedacito de mar, “el río”, rugiendo entre ambas. Aquí Manrique supo jugar más que nunca con la belleza que la naturaleza le regalaba y diseñó un edificio totalmente oculto en la roca desde el que poder admirar, sin nada que lo obstaculizara, la panorámica. Grandes ventanales, inmensas esculturas que llevan su sello colgando del techo, escaleras que se retuercen en caracol y Manrique, mucho Manrique.

¿Una curiosidad más? Construir el famoso mirador no fue nada simple, y para ello el artista contó también con la ayuda de otros dos profesionales: el arquitecto Eduardo Cáceres y, una vez más, Jesús Soto. El modus operandi fue el siguiente: primero hubo que excavar cuidadosamente en la roca, después construir el mirador en sí, y por último volver a cubrirlo con piedra volcánica para quedar absolutamente integrado en el risco. Uno de esos lugares que no pueden faltar en una visita a Lanzarote, sin duda alguna.

6. El restaurante El Diablo, en el corazón del Timanfaya

No hace falta que lo digamos nosotros: es impensable regresar de un viaje a Lanzarote que no incluya una visita al espectacular Parque Natural del Timanfaya. El agreste paisaje regala 200 kilómetros cuadrados de escenarios casi marcianos coloreados de tonos ocres ante el que es irremediable no sentirse insignificante. Más de 25 cráteres salpican el territorio ante nuestros atónitos ojos.

Pero de lo que venimos a hablar no es del enclave, que ya sabemos que es espectacular, sino de cómo Manrique supo extender también su mano aquí, en el corazón de Lanzarote. Para ello tendremos que fijarnos en el Islote Hilario, donde se halla el restaurante El Diablo, ideal para una parada tras la excursión obligada en autobús por el parque.

¿Y qué tiene de especial este negocio? Pues bien, no solo que fue diseñado por el artista conejero, sino que, además, este supo sacar provecho al calor que emana de la tierra justo aquí, para construir un horno en el que cocinar los riquísimos platos que después se sirven. Es decir: en El Diablo es posible deleitarnos con un pollo cocinado al calor de un volcán, ¿qué te parece? Y es que, aunque pueda parecer increíble, a solo 10 metros de profundidad la temperatura alcanza los 300 grados. ¡Casi nada!

7. Casa-Museo del Campesino, todo un homenaje

Un homenaje al trabajo en el campo de Lanzarote y a aquellos que lo realizan: eso es lo que pretendió Manrique al darle forma, en 1968, a la Casa-Museo del Campesino, situada muy cerca de la localidad de San Bartolomé. Una casa abierta al público en la que podremos disfrutar del diseño de una tradicional vivienda conejera. ¿Y cuáles eran las características principales de estas? Para el artista, la perfección en el reparto del espacio y una adecuada orientación al viento. También, cómo no, están presentes en ella otros elementos típicos como son los aljibes, las chimeneas o los patios.

Pasear por los diferentes espacios de la casa es hacer un recorrido por la arquitectura, la agricultura, la artesanía y gastronomía tradicional de la isla. Este no estará completo, eso sí, sin acercarnos hasta el famoso Monumento a la Fecundidad, que con un diseño de lo más vanguardista, y un tanto apartado para que así obtenga su propio protagonismo, es otro de los símbolos de César Manrique.

8. Casa-Museo César Manrique

Y para acabar, otra casa más: aquella en la que habitó el artista hasta su muerte en 1992. Y fue el bello pueblo de Haría el que lo convenció para pasar sus últimos años. Allí se hizo con una antigua vivienda de labranza en ruinas y la transformó, con mucho esmero, en un auténtico hogar: una hermosa casa en cuyo diseño cuidó que  primaran el confort y lo estético.

Situada en un frondoso palmeral, la vegetación está presente tanto en el exterior como en el interior, aportando serenidad a los espacios. Espacios repletos de enseres, objetos de artesanía y obras del artista que están repartidas tanto por las estancias como en los dos patios con los que cuenta. Fuera, además de una apetecible piscina, y apartado de la zona donde se encuentran las habitaciones, se halla el estudio de Manrique, lleno de botes de pintura, caballetes y obras a medio terminar: aquellas que se quedaron  sin completar tras fallecer el artista. 

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